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Un Voto de Bronca que va más allá del «No»

La jornada electoral del 16 de noviembre de 2025 será recordada no solo como un revés para el presidente Daniel Noboa, sino como un grito de alerta. El pueblo ecuatoriano, hastiado y empobrecido por la inseguridad que no cede y una economía que asfixia, ha utilizado la consulta popular como un termómetro de la gestión, y el resultado ha sido febril. El elector no solo votó en contra de bases militares o la reducción de asambleístas, votó en contra de la arrogancia política, la opacidad y esa sensación persistente de que el poder está ajeno a sus dramas cotidianos. El mensaje es claro: la gente está cansada de los atajos y las soluciones simplistas vendidas con marketing de redes sociales.

El error de cálculo del Ejecutivo es profundo y se basa en una lectura equivocada de la propia base que lo llevó al poder. El presidente Noboa debe entender que la política no es un algoritmo, la empatía es el ingrediente que ha faltado en Carondelet. No se trata solo de entregar bonos o de usar un lenguaje juvenil; se trata de sentir y validar el dolor de una madre que perdió a su hijo por un sicariato, o el coraje de un ciudadano al ver que, mientras se anuncia la guerra contra el crimen, persisten los escándalos de corrupción y la impunidad en las altas esferas… La gente percibe la disonancia entre el discurso de austeridad y los privilegios que se cocinan a fuego lento en las oficinas públicas, el voto de castigo no es irracional, es una respuesta visceral a la burla de promesas incumplidas y la evidente falta de resultados en el frente de la seguridad.

Y es aquí donde el presidente debe ser brutalmente honesto consigo mismo y con el país: es hora de evaluar a su círculo más íntimo. La crisis de confianza no es solo ministerial, es estructural, y muchas veces, el mensajero daña el mensaje… Se ha rodeado de voces que, en su fervor por la «nueva política», han demostrado una desconexión pasmosa con la realidad del ciudadano común. Asesores que solo ven virtudes y nunca errores, que viven en una burbuja de aplausos y que conciben la comunicación como una campaña permanente, no como un ejercicio de pedagogía y humildad. El presidente no puede permitirse que su legado sea el de un mandatario bien intencionado pero mal aconsejado. Los resultados de la consulta son un llamado a la madurez política: la lealtad ciega debe ceder paso a la inteligencia crítica y la experiencia probada.

El jefe de Estado debe desterrar la idea de que la verdad y la luz solo residen en la juventud o en su cohorte generacional, si bien la energía juvenil es vital, la experiencia y la sabiduría de quienes han vivido y gestionado las crisis anteriores son activos que no se pueden despreciar. El desprecio o la descalificación hacia la crítica, vengan de donde vengan, solo siembra resentimiento. El No resonante fue, en parte, la respuesta de una ciudadanía que sintió que sus preocupaciones históricas, como la soberanía, la salud pública o la educación, estaban siendo tratadas con ligereza o, peor aún, con la intención oculta de desmantelar derechos a través de la vía referendaria. La lección es que las preguntas, por bien intencionadas que parezcan, siempre serán leídas a través del lente de la credibilidad del proponente.

La victoria del «No» es un fenómeno que la ciencia política llama una «actitud anti», un rechazo al statu quo y al gobierno de turno, que no necesariamente es un endoso a la oposición correísta u otra fuerza. El pueblo no se dejó encasillar en la vieja polarización, demostró una capacidad de discernimiento que superó la retórica binaria. El mensaje de las urnas es complejo, pero inequívoco: se exige una política de Estado seria, con rostro humano, que se enfoque en resolver los problemas reales sin caer en shows o en la tentación de usar el poder para eludir la fiscalización o impulsar agendas impopulares. El país necesita una cabeza fría en la Presidencia, pero con un corazón que sienta el pulso de la calle.

En este punto de inflexión, el presidente Noboa tiene la oportunidad de rectificar y demostrar la talla de estadista que el país clama. Debe dejar de lado la narrativa de la confrontación y convocar a los mejores cerebros del Ecuador, incluso a aquellos que lo critican, para trazar una hoja de ruta de consenso nacional. La seguridad, el empleo y la lucha contra la corrupción son tareas que superan a un solo gobierno y exigen un pacto de honor. Si el presidente no asimila este mensaje con humildad, si no reemplaza la soberbia por la autocrítica, el contundente «No» de las urnas será solo el preámbulo de una crisis de gobernabilidad mucho más profunda.

La democracia ecuatoriana habló con una voz fuerte y clara: ES HORA DE CAMBIAR EL RUMBO.

GUSJIMCOR