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Diez mil muertos y una sombra en el poder: Crónica del año en que el Estado se volvió invisible.

Hay cifras que no solo informan, sino que pesan; números que, al ser pronunciados, deberían ser capaces de detener el pulso de una nación. Al cierre de este 2025, la cifra es diez mil seiscientas treinta. Diez mil seiscientas treinta vidas segadas. No son estadísticas de una guerra declarada entre ejércitos, sino el recuento de un país que ha batido su propio récord de infamia, convirtiéndose en el sexto rincón más peligroso de un mundo ya de por sí convulso.

A lo largo de estas décadas frente a ustedes, hemos aprendido que la violencia nunca es un fenómeno aislado. Es, en realidad, el síntoma final de una enfermedad que recorre la médula de nuestras instituciones: la corrupción sistémica. Ya no podemos seguir con el cuento infantil de las «manzanas podridas». Lo que tenemos frente a nosotros es un árbol cuyas raíces están sumergidas en el fango. Cuando la podredumbre viene desde arriba, desde los despachos donde se firman los decretos y desde las salas de juntas de las élites, la ilegalidad deja de ser la excepción para convertirse en el código de convivencia.

Es doloroso ver cómo Ecuador ha pasado, en apenas ocho años, a ser seis o siete veces más violento. Guayas, Manabí, Los Ríos… nombres de provincias que hoy se escriben con la tinta del sicariato y la extorsión. Y mientras esto ocurre, asistimos a una orfandad de liderazgo que estremece. Tenemos un presidente que habita el silencio, un ente mudo que parece observar el desmoronamiento del Estado con una apatía gris, casi espectral. Un mandatario que solo recupera la voz para hablarle a sus propios espejos o para proyectar una fuerza ficticia a través de discursos pagados, pero que en la hora de la derrota y la crisis, se refugia en la opacidad.

¿CÓMO SE DESGASTA UN GOBIERNO EN TAN POCO TIEMPO?

La respuesta está en la memoria, esa que el periodismo está obligado a custodiar. Desde el caso Olón hasta el OCP, pasando por los negociados en el IESS, las irregularidades en Petroecuador o la venta de oro… la lista no es solo de escándalos, es la bitácora de un Estado capturado. Cada uno de estos casos es un ladrillo menos en el muro que debería protegernos.

Pero hay una pregunta que nos asalta cada noche al terminar la jornada: ¿Hasta cuándo las élites sociales y empresariales creerán que sus muros altos y sus urbanizaciones privadas los mantendrán a salvo? Guardar silencio porque el sistema corrupto aún les llena los bolsillos es un cálculo suicida. Entregarle el país a las mafias y creerse inmunes es, como bien se ha dicho, darle las llaves de tu casa a un asesino confiando en que respetará tu dormitorio. El narco no reconoce privilegios de casta; el narco solo reconoce territorios.

Hoy, la criminología nos dice que el crimen ha mutado, que el sicariato es más rentable que el tráfico mismo, y que las políticas de «mano dura» han sido apenas un maquillaje reactivo, sin alma ni profundidad social. Sin una depuración real del poder, no hay República que sostenga el futuro.

Cerraremos este año con el eco de las 40.305 muertes acumuladas desde 2018. Una generación entera marcada por el miedo. Al apagar las luces para el descanso, nos queda la tarea de despertar de este letargo de complicidades. Porque sin justicia, sin una política criminal seria y sin líderes que dejen de ser sombras para convertirse en guías, el 2026 solo será otro capítulo en este libro de luto que nos estamos acostumbrando a leer.

Que el descanso de esta noche nos sirva para entender que la paz no se negocia con el crimen, se construye con integridad.

GUSJIMCOR